México se enorgullece constantemente de su estabilidad macroeconómica y de la oportunidad histórica del nearshoring. Sin embargo, detrás de las cifras de inversión extranjera directa y las exportaciones manufactureras, se esconde una falla estructural severa: nuestro ecosistema de financiamiento es hostil a la innovación en la frontera tecnológica. Estamos atrapados en un modelo financiero que premia la imitación y castiga la disrupción.
Para entender este bloqueo, es indispensable recurrir al marco teórico que Philippe Aghion, Céline Antonin y Simon Bunel desarrollan en The Power of Creative Destruction. En su análisis sobre el financiamiento de la destrucción creativa, los autores exponen una verdad incómoda para las economías emergentes: los bancos comerciales son el enemigo natural de la innovación disruptiva.
El sesgo del colateral, en números #
El diseño de la banca tradicional está optimizado para financiar activos tangibles. Un banco presta contra colateral: maquinaria, naves industriales, bienes raíces. Su modelo de negocio se basa en cobrar un interés fijo, por lo que su única prioridad es minimizar el riesgo de impago. No participa de las ganancias exponenciales si un proyecto tiene un éxito rotundo, pero absorbe la pérdida si fracasa.
La distribución actual del crédito empresarial en México es la radiografía de ese sesgo. Servicios e inmobiliario más construcción —los sectores más intensivos en colateral hipotecable— concentran cerca del 57% de la cartera empresarial vigente de la banca múltiple. Las MIPYMES, donde se concentra el 95% de las empresas y el 42% del PIB, reciben en conjunto menos del 30% del crédito empresarial.
Cuando el banco se enfrenta a un proyecto de innovación —cuyo principal activo es intangible (código, patentes, capital humano) y cuyo nivel de incertidumbre es altísimo— simplemente cierra la llave del crédito o exige garantías hipotecarias que un emprendedor promedio no posee. La asimetría es estructural, no coyuntural.
La pieza ausente: capital de riesgo #
A diferencia del banquero, el inversionista de capital de riesgo (Venture Capital o VC) asume el riesgo total a cambio de equidad. Sabe que de cada diez proyectos, nueve van a quebrar, pero el décimo pagará con creces el fondo entero. El VC financia intangibles y tolera la asimetría de información natural de la innovación tecnológica.
En México la pieza simplemente no existe a la escala que requiere una economía de 1.8 billones de dólares de PIB. Durante 2024, el ecosistema captó alrededor de 792 millones de dólares en 116 transacciones de capital emprendedor, según LAVCA. Para dimensionar: el Q4 2024 de toda Latinoamérica registró 1,230 millones de dólares —menos de lo que una sola ronda Serie C levanta en Silicon Valley en una mañana cualquiera.
Esto no es un problema de “cultura emprendedora” ni de “talento mexicano”. Es un problema de arquitectura financiera. Sin VC, el mercado empuja a los agentes económicos hacia lo seguro. Es fácil conseguir un crédito para abrir una franquicia, comprar tractocamiones o construir bodegas industriales (porque hay colateral); es prácticamente imposible levantar capital semilla en pesos para desarrollar tecnología de punta.
Tres consecuencias macroeconómicas #
1. El filtro de la cuna: los “Einsteins perdidos” #
Al depender casi exclusivamente del crédito bancario tradicional, el derecho a innovar en México se vuelve un privilegio de clase. Si para obtener financiamiento necesitas respaldarlo con activos tangibles, sólo aquellos que provienen de familias con patrimonio previo pueden permitirse el lujo de emprender proyectos de alto riesgo. Estamos desperdiciando una cantidad brutal de talento y capital humano —nuestros propios “Einsteins perdidos”— simplemente porque sus ideas no tienen un título de propiedad que las respalde.
Dato: según ENAFIN, sólo el 14.4% de las PyMEs mexicanas obtuvo un nuevo crédito bancario en el último año reportado. Las razones de rechazo más comunes giran en torno a la falta de garantía, no a la viabilidad del proyecto.
2. La condena a la imitación #
Sin VC, la economía se ancla en la fase de “imitación” del crecimiento económico. La comparación con países que sí cruzaron el umbral hacia la innovación es, francamente, demoledora.
México invierte en I+D 23 veces menos que Israel, 18 veces menos que Corea del Sur y 10 veces menos que el promedio OCDE como proporción del PIB. La consecuencia mecánica de esto se observa en la generación de propiedad industrial: en 2024, el IMPI recibió aproximadamente 16,189 solicitudes de patente, pero alrededor del 90% provinieron de no residentes. Es decir, México funciona principalmente como una jurisdicción donde extranjeros patentan invenciones extranjeras —no como una fábrica de invención local. Para contexto, Corea del Sur registró cerca de 287,954 solicitudes de patente en 2023, casi 18 veces el volumen mexicano en una economía que es apenas 1.4 veces más grande que la nuestra.
Esto cimenta nuestra posición en la trampa de los ingresos medios: somos lo suficientemente competitivos para ensamblar, pero estamos sistemáticamente impedidos para capturar valor en la frontera tecnológica.
3. Fuga de jurisdicción #
Las pocas startups tecnológicas mexicanas que logran escalar no se quedan en México. Terminan constituyéndose en Delaware (vía el conocido “Delaware flip”) porque los fondos institucionales estadounidenses, por mandato fiduciario y por preferencia regulatoria, no invierten en sociedades anónimas mexicanas.
Los 10 unicornios “mexicanos” no son legalmente mexicanos. Kavak, Bitso, Clip, Konfío, Merama, Incode, Clara, Nowports, Stori y Plata —todos los unicornios surgidos del ecosistema mexicano— operan bajo holdings constituidos en Delaware o Cayman. La captura de valor (impuestos al capital, plusvalías, IPOs futuras) ocurre fuera del país.
Esto es más que un problema fiscal: es una fuga de desarrollo institucional. Cada flip que sale de México es un cap table, un equipo legal, un comité de inversión, una experiencia de gobierno corporativo y un evento de salida que ocurre en otra jurisdicción. El ecosistema institucional —los abogados, los analistas, los GPs, las firmas contables especializadas— se construye allá, no aquí.
El capital secuestrado: el rol de las Afores #
Aquí es donde la política pública debería pisar el acelerador. México administra, vía las Afores, alrededor de 359 mil millones de dólares en ahorro forzoso de los trabajadores —un acervo institucional comparable al PIB de Colombia. Pero su asignación refleja la misma lógica del banquero rentista: aversión absoluta al riesgo de innovación.
Más de la mitad del ahorro pensional mexicano está estacionado en deuda gubernamental. Apenas el 7.6% se canaliza a instrumentos estructurados (CKDs y CERPIs), y de ese porcentaje, la inmensa mayoría termina en infraestructura física, FIBRAs inmobiliarias y proyectos energéticos. El capital de riesgo tecnológico recibe migajas de migajas. El régimen prudencial mexicano protege al ahorrador del riesgo —y simultáneamente lo excluye del único activo histórico que ha generado retornos de doble dígito sostenidos: la equity en innovación.
La elección política #
Aghion señala que para financiar la destrucción creativa se requiere un ecosistema que tolere el fracaso y democratice el riesgo. En México, el riesgo está privatizado en el individuo y el sistema financiero opera como un rentista de activos inmobiliarios, no como un motor de crecimiento.
Las palancas concretas existen y son políticas, no técnicas:
- Forzar via régimen de inversión que las Afores asignen un piso mínimo a fondos de VC mexicanos —al estilo de la regulación canadiense o israelí en sus respectivos despegues.
- Crear incentivos fiscales agresivos para inversión en startups en etapas tempranas (un equivalente al SEIS/EIS británico o al QSBS estadounidense, hoy inexistentes en México).
- Reformar la ley de quiebras para que el fracaso emprendedor no sea una sentencia de muerte civil, sino una etapa ordinaria del capital de riesgo.
- Estandarizar instrumentos tipo SAFE/Convertible Note bajo ley mexicana, eliminando la justificación regulatoria para el Delaware flip.
Sin estas piezas, la conversación sobre nearshoring se queda en lo que hoy es: ensamblaje. Si queremos dejar de ser sólo un país ensamblador y aprovechar nuestras ventajas estructurales, la política pública y los inversionistas institucionales tienen que forzar la creación de un mercado de capital de riesgo profundo y descentralizado.
Mientras sigamos pidiéndole a los bancos comerciales que financien el futuro, seguiremos subsidiando el pasado.
Fuentes principales: Banxico (Indicadores Básicos de Crédito a PyMEs), CNBV (ENAFIN 2021, Reportes Regulatorios), BBVA Research (Situación Banca México, 2025), LAVCA (Industry Data & Analysis 2025), AMEXCAP, OCDE (Main Science and Technology Indicators), Banco Mundial (WDI), OMPI/WIPO (World Intellectual Property Indicators 2024–2025), IMPI, CONSAR, AMAFORE.